Antes de ser Premio Nobel, y mucho antes de la teoría de la relatividad, hubo un niño que tartamudeaba y que fue etiquetado como un fracaso por sus maestros. Esta es la historia de cómo fue realmente la niñez del joven Einstein.
El 14 de marzo de 1879, en la ciudad alemana de Ulm, nacía un bebé que parecería ‘demasiado gordo y con una cabeza anormalmente grande’, según recordó en una ocasión su abuela materna. Nada en ese momento hacía presagiar que ese niño, llamado Albert Einstein, transformaría para siempre nuestra comprensión del universo.
Durante décadas, su infancia ha sido objeto de mitos, exageraciones y extravagancias; pero más allá de la leyenda, lo cierto es que los primeros años del joven Einstein estuvieron marcados por la incomodidad escolar, un pensamiento visual poco habitual para su época, y una curiosidad que ni el sistema educativo más rígido consiguió frenar.
Un niño que hablaba poco y pensaba mucho
Einstein no empezó a hablar hasta los 3 o 4 años de edad, algo que, sin duda, preocupó a sus padres. Pero incluso cuando comenzó a hablar solía repetir las palabras en voz baja antes de pronunciarlas en alto hacia los demás, como si de un experimento interno de ensayo-error se tratara. Su niñera llegó a apodarlo ‘der Depperte’, el atontado, convencida de que era un niño torpe y lento.
Pero en realidad, como él mismo explicaría décadas más tarde, sus ideas ‘llegaban en forma de imágenes, no de palabras’. El pensamiento visual ya estaba despertando en un niño que apenas lograba expresarse oralmente pero con un mundo interior bullente de ideas.
Primer momento crucial
A los cinco años, Albert recibió un regalo de su padre que lo dejó tremendamente fascinado. Se trataba de una simple brújula. Pero, para él, ver cómo la aguja respondía a una fuerza invisible -el campo magnético- resultó tan maravillo que marcaría el resto de su vida.
Un poco más tarde, a los doce años, tendría lugar otro momento de iluminación científica: descubrió un libro de geometría por cuenta propia y lo devoró con auténtica pasión. Tanto es así que hasta lo llamaba el ‘libro sagrado’. Fue en ese mismo periodo en el que la música entraría en escena. Aunque había recibido clases de violín desde los seis años, no disfrutó demasiado de ellas hasta que descubrió las sonatas de Mozart. A partir de entonces, el violín sería su compañero eterno, incluso en tiempos de crisis.
Escuelas rígidas
El Einstein adolescente asistió al Luitpold Gymnasium de Múnich, una escuela rigurosa y autoritaria, de carácter religioso, muy al estilo prusiano. En esa escuela pública católica de Múnich, era el único judío de entre 70 alumnos y, lejos de destacar, fue visto como un alumno problemático. No soportaba el aprendizaje mecánico, detestaba la disciplina impuesta y se enfrentaba con frecuencia a sus profesores. En un entorno en el que cualquier atisbo de creatividad era frenada de inmediato, Einstein no encajaba demasiado.
Uno de ellos llegó a decirle con desprecio: “Nunca llegarás a nada”, precisamente por su comportamiento en clase y su carácter retraído. Otro de sus profesores le recomendó igualmente abandonar la escuela, porque “su presencia socavaba el respeto del resto de la clase”. Hasta que se cansó. A los 15 años, harto del sistema y buscando esquivar el servicio militar obligatorio, Einstein dejó la escuela sin obtener título alguno y se fue a Italia con su familia, que había emigrado para buscar fortuna en el negocio eléctrico. Este sería un paso crucial hacia su formación futura.
Escribió su primer ensayo científico a los 16 años
Durante esos meses ‘sabáticos’ en Italia, en 1895, escribió su primer ensayo científico atreviéndose con uno de los pilares fundamentales de la física: “Sobre la investigación del estado del éter en un campo magnético”. El texto, aunque hoy un tanto olvidado, contenía una serie de intuiciones que anticipaban las líneas maestras de su pensamiento futuro como la crítica a teorías clásicas, la conexión entre fenómenos invisibles y la búsqueda de leyes detrás de la apariencia.
Poco tiempo después, se acabaría trasladando a la Escuela Cantonal de Aarau, en Suiza, mucho más liberal en su enfoque pedagógico. Y, afortunadamente, en un entorno mucho más amigable con su forma de pensar y vivir, floreció su talento. Fue allí donde aprobó el examen de ingreso a la prestigiosa Escuela Politécnica Federal de Zúrich (ETH Zürich), para estudiar física y matemáticas.
En la universidad, Einstein encontró un entorno más tolerante, pero volvió a chocar con algunos profesores, especialmente por su tendencia a saltarse clases y estudiar por su cuenta lo que consideraba verdaderamente interesante. Esto hizo que fuese apuntado como una persona poco fiable aunque brillante. Todos los obstáculos con los que contó no frenaron que, finalmente, acabase exponiendo algunas de las ideas más revolucionarias de la física moderna. El contraste entre su infancia y su fase de adulto ha servido de ejemplo de inspiración para muchas personas, pero lo cierto es que nunca cedió en su forma de pensar en un mundo con poca tolerancia hacia lo atípico. Una de sus citas viene como anillo al dedo para cerrar este artículo y su historia: “Es un milagro que la curiosidad haya sobrevivido a la educación reglada”.