En 1525 una expedición partió de España en busca de las afamadas islas de las especias, un viaje marcado por las tormentas, la muerte y las privaciones
Descubiertas por primera vez en 1514 por los portugueses, las Molucas eran el único lugar del mundo en el que se producía el valioso clavo de especia, un aditivo alimentario que se vendía en los mercados de Europa a peso de oro. Su valor era tal que la expedición de Magallanes se desvió de su vuelta al mundo en 1521 para arribar al archipiélago, donde se encontraron un rosario de islas divididas en reinos que guerreaban entre sí.
Por ello aunque las naves de Juan Sebastián Elcano tuvieron que pasar de largo por necesidad a su vuelta se empezó a planear una segunda expedición en al corte de Carlos V, su objetivo sería establecer una colonia en las Molucas desde la que expulsar a los portugueses y hacerse con el control de las exportaciones de clavo.
Formada por siete naves, la escuadra se puso al mando de García Jofré de Loaísa (cuyo tío era confesor del emperador e inquisidor general de España), mientras que Elcano tuvo que conformarse con un puesto de capitán pese a ya haber recorrido esas aguas. Otros insignes marinos como Juan de Triana (el primero en avistar América durante el viaje de Colón) y Andrés de Urdaneta también se apuntaron en lo que prometía ser un viaje tan legendario como el de Magallanes.
La expedición la formaban seis naos (Santa María de la Victoria, Sancti Spiritus, San Gabriel, Anunciada, Santa María del Parral y San Lesmes) y el patache Santiago, que tras cargar provisiones y alistar tripulación se hicieron a la mar el 24 de julio de 1525.
Hacia el estrecho
En un primer momento la travesía se realizó sin ningún contratiempo, con la escuadra recalando en la Gomera para reponer provisiones y siguiendo rumbo sur hasta dejar atrás Cabo Verde y entrar en el Golfo de Guinea. Allí de pronto les sorprendió una calma chicha que retuvo a las naves durante todo el mes de octubre en el que lo más emocionante que sucedió fue el avistamiento de peces voladores cazados al vuelo por las aves locales.
Por fin el viento se levantó de nuevo el 4 de noviembre, y la flota cruzo rápidamente el Atlántico empujada por los Alisios en poco más de quince días. Arribada a Brasil, la flota siguió navegando hacia el sur hasta llegar a la Patagonia, donde Elcano se equivocó al tomar el río San Idelfonso como el estrecho de Magallanes haciendo perder varios días de navegación.
Enmendando el error la escuadra llegó a la boca del estrecho el 26 de enero solo para meterse de cabeza en una terrible tempestad que hizo naufragar a la Sancti Spiritus. Loaísa ordenó entonces echar el ancla en una ensenada más al norte y reparar las naves mientras un grupo liderado por Urdaneta rescataba a los náufragos, momento aprovechado por los marineros de la San Gabriel para amotinarse y desertar antes de volverse a enfrentar a los peligros del mar, quedando solo cinco naves a principios de abril para el paso hacia el Pacífico.
Esta segunda travesía fue tanto o más azarosa que la de Magallanes en 1520, con el viento en contra y afiladas rocas a ambos lados del estrecho. Las rachas de viento terminaron por arrastrar a la Anunciada lejos de la escuadra y de vuelta a la entrada del canal, donde se perdió su rastro para siempre naufragada bien de regreso a España o en un intento de doblar el cabo de Hornos.
No sería hasta el 26 de mayo que la Victoria, Santa María del Parral, San Lesmes y el Santiago alcanzarían por fin los mares del sur solo para ser barridos por una segunda tormenta frente a la costa de Chile que terminó de dispersar a la escuadra sin remedio.
Solas en la inmensidad el Pacífico las tres naos siguieron con su misión, mientras que el pequeño Santiago decidió poner proa a México ante la falta de provisiones avistando tierra el 11 de julio tras una épica travesía de 10.000 kilómetros.
El periplo de la Victoria
De las tres naos la única que llegaría a buen puerto sería la Victoria, al desaparecer la San Lesmes en medio del océano y naufragar la Santa María en la isla Célebes, donde los supervivientes fueron muertos o esclavizados por los indígenas de Sangi. La travesía en solitario de la capitana por otra parte empezó el 4 de agosto, ensombrecida por una epidemia de escorbuto a bordo provocado por la ausencia de alimentos frescos.
Loaísa y Elcano habrían de perecer a causa de esta temible enfermedad que se llevaría por delante a la mitad de la tripulación a lo largo del verano. Cuenta Urdaneta en su diario del viaje que “Toda esta gente que falleció (unos treinta desde la salida al océano) murió de crecerse las encías en tanta cantidad que no podían comer ninguna cosa y más de un dolor de pechos con esto”, añadiendo que el cirujano de a bordo sacó “un hombre tanta grosor de carne de las encías como un dedo”.
El calvario terminó cuando se avistó Guam el 5 de septiembre, momento en el que los 30 supervivientes de la dura travesía bajaron a tierra en busca de fruta y agua fresca. La siguiente escala fue Mindanao, en el sur de Filipinas, donde se carenó y reparó el buque al tiempo que Martín Íñiguez de Zarquizano era elegido como nuevo capitán.
Con la tripulación y el barco repuestos lo que quedaba de la expedición alcanzó al fin las Molucas el 29 de octubre, acogiéndose a la protección del sultán de Tidore quien estaba en guerra con el de isla de Ternate, aliado a la sazón con los portugueses. Fue en ese momento que la exploración dio paso a la guerra, con los españoles construyendo un fuerte en la isla desde el que hicieron incursiones contra los lusos y sus partisanos indígenas para expulsarlos del archipiélago.
Reducida a unas pocas decenas de hombres la expedición recibió el bienvenido refuerzo de una nave enviada desde México por Hernán Cortés en marzo de 1528, la Florida, que tras desembarcar soldados y provisiones cargó clavo e intentó sin éxito volver a Veracruz en dos ocasiones.
Finalmente serían los portugueses quienes lograrían la victoria en esta guerra por sustituto, tomando el fuerte español en 1529 con una flota de galeras indígenas apoyada por la artillería de su galeones. Los españoles huyeron a la vecina isla de Giloló para hacerles la guerrilla con sus aliados, pero sin saberlo ambos la pugna por las Molucas ya había quedado resuelta en Europa: al vender Carlos V sus derechos a Portugal por 350.000 ducados con los que sufragar su guerras en Italia.