miércoles, febrero 4

Nueva Barcelona: la ciudad derrotada que cruzó Europa


En la Europa del siglo XVIII, atravesada por guerras dinásticas y fronteras inestables, hubo nombres que viajaron incluso más lejos que las personas que los pronunciaban. Uno de ellos fue el de Barcelona

En algunas ocasiones los nombres de las ciudades nacen del desarraigo, del exilio y de la necesidad de recomponer una identidad quebrada. En la Europa del siglo XVIII, atravesada por guerras dinásticas y fronteras inestables, hubo nombres que viajaron incluso más lejos que las personas que los pronunciaban. Uno de ellos fue el de Barcelona.

La ciudad que resistió el asedio borbónico hasta septiembre de 1714 sobrevivió también en la memoria de quienes huyeron de la derrota y la represión. Fueron ellos quienes intentaron levantarla de nuevo lejos de su lugar de origen, queriendo evocar el recuerdo de la que fue su casa. De este modo nació Nueva Barcelona, una ciudad efímera fundada el 1735 en las lejanas llanuras del Banato, en lo que eran las fronteras del Imperio austrohúngaro y actualmente es la Voivodina serbia.

El exilio tras la derrota

Para el bando austracista, el final de la Guerra de Sucesión española (1701-1714) no supuso únicamente un cambio dinástico al frente de la Corona, sino una profunda reordenación política y jurídica del conjunto del territorio. Entre 1707 y 1716, el nuevo monarca, Felipe V, promulgó los conocidos Decretos de Nueva Planta, un conjunto de disposiciones destinadas a imponer un modelo de gobierno centralizado. Estas medidas afectaron de manera especialmente severa a las leyes, instituciones y privilegios de aquellos territorios que habían respaldado la causa del archiduque Carlos de Austria en su disputa por el trono: los reinos de Aragón, Valencia y Mallorca, así como el Principado de Cataluña.

Tras la derrota, y frente a la imposición de un modelo centralista y absolutista que abolía los fueros, desmantelaba las estructuras propias de gobierno y erosionaba buena parte de las expresiones jurídicas y culturales de los territorios vencidos, para muchos de sus habitantes solo parecían existir dos opciones: someterse al nuevo orden o abandonar el país.

El exilio se convirtió de este modo en una salida forzada para una gran parte de la población. Aunque suele aceptarse una cifra en torno a los cinco mil exiliados, el cronista contemporáneo Francisco de Castellví (1682–1757) elevó ese número a más de dieciséis mil personas, mientras que algunos historiadores posteriores han llegado incluso a duplicar esa estimación. Fuera cual fuese la cifra exacta, resulta evidente que se trató de un movimiento migratorio de gran envergadura para la Europa del momento.

El destino natural de este flujo humano fueron los territorios que todavía yacían bajo dominio de la Casa de Austria: los reinos de Nápoles, Austria y Hungría, el ducado de Milán, los Países Bajos austríacos o las islas de Cerdeña y Sicilia. Allí, muchos de estos exiliados lograron rehacer sus vidas, integrarse en las nuevas sociedades y poner sus conocimientos al servicio de la administración imperial. Sin embargo, la estabilidad fue relativa. Apenas dos décadas después, un nuevo giro en el tablero europeo obligó a parte de aquellos exiliados, especialmente los asentados en Nápoles y Sicilia, a huir de nuevo, esta vez a causa de la reconquista de estos territorios por parte del Reino de España.

Un nuevo comienzo: la fundación de Carlogaben, la futura Nueva Barcelona

La invasión de Nápoles y Sicilia entre 1734 y 1735 por el infante don Carlos —hijo de Felipe V— provocó un nuevo y traumático desplazamiento de la población catalana que se había asentado en los territorios mediterráneos de Italia bajo dominio austríaco. La reconquista borbónica de estos reinos forzó a muchos de aquellos exiliados a abandonar de nuevo sus hogares, iniciando una marcha hacia el interior del continente que tuvo como principal destino la ciudad de Viena, donde se produjo una notable concentración de refugiados procedentes de Nápoles y Sicilia.

La capital del Sacro Imperio Romano Germánico no era un territorio desconocido para los catalanes. Tras la caída de Barcelona en 1714, una primera oleada de exiliados había llegado ya a Viena, y algunos de ellos se integraron en el ejército imperial o participaron en iniciativas económicas impulsadas por la Corona, como la creación de la fábrica de tabaco de Pressburg, la actual Bratislava. Sin embargo, la llegada masiva de nuevos refugiados desbordó la capacidad de acogida de la ciudad y obligó a las autoridades imperiales a reactivar un antiguo proyecto: la repoblación de la lejana y poco desarrollada región del Banato de Temesvár, una frontera interior todavía inestable y escasamente poblada.

Este tercer y definitivo desplazamiento condujo a los exiliados catalanes hacia un territorio aún más remoto y precario. A orillas del río Begej, en una zona marcada por la insalubridad, las inundaciones y la amenaza otomana, los veteranos catalanes levantaron un modesto asentamiento que bautizaron en 1735 con un nombre cargado de memoria y nostalgia: Nueva Barcelona. No obstante, el acuerdo oficial exigía que el enclave recibiera también el nombre de Carlogaben, en honor al archiduque Carlos de Austria, el emperador por cuya causa habían combatido en la Guerra de Sucesión.

Un sueño breve en tierra extraña

Se calcula que menos de ochocientas personas llegaron a poblar aquel nuevo asentamiento, muchas de ellas ya de edad avanzada y marcadas por años de exilio y desplazamientos sucesivos. Pese a todo, durante los tres años siguientes se intentó consolidar la colonia y dotarla de una mínima viabilidad económica. Se promovieron iniciativas productivas, como pequeños talleres textiles dedicados a la seda, con la intención de reproducir actividades conocidas y generar recursos propios que permitiesen afianzar la comunidad. Sin embargo, el clima extremo del Banato, la precariedad de las infraestructuras y, sobre todo, el profundo desgaste físico y moral de una población exhausta impidieron que aquellas expectativas llegaran a materializarse.

A mediados de 1738, dos acontecimientos terminarían por sellar definitivamente el destino de Nova Barcelona. Por un lado, una epidemia de peste diezmó a la población, agravando unas condiciones sanitarias ya de por sí muy frágiles. Por otro, la ocupación de la región por el ejército del Imperio otomano durante la guerra austro-turca (1735–1739) convirtió el enclave en un espacio inseguro e insostenible.

La nueva colonia nunca llegó a convertirse en la pequeña nación catalana que sus fundadores habían imaginado para lo que debía ser su segundo intento de arraigo en los Balcanes, tras el lejano y trágico precedente de los almogávares. Así, la que aspiró a ser una nueva Barcelona levantada desde el exilio desapareció casi en silencio, dejando tras una historia sobre el peso de los nombres, la memoria y el desarraigo en la Europa moderna.