El zoroastrismo no se basó en rituales ostentosos ni en templos monumentales, sino en un principio ético sorprendentemente actual: pensar bien, hablar bien y obrar bien.
Mucho antes de que el islam se convirtiera en la religión mayoritaria de Irán, el territorio estuvo marcado por una fe antigua y luminosa. Se trata de una de las religiones monoteístas más antiguas del mundo, fundada por el profeta persa Zaratustra, o Zoroastro, entre aproximadamente el 1500 y 1000 a.C. Su mensaje, sencillo en apariencia pero radical para su tiempo, proponía que la vida humana era una elección constante entre el bien y el mal, guiada por un solo dios supremo, Ahura Mazda. Hablamos del zoroastrismo.
Lejos de rituales fastuosos o templos monumentales, el zoroastrismo se articuló en torno a un principio moral que todavía hoy resulta sorprendentemente moderno: buenos pensamientos, buenas palabras y buenas obras. No bastaba con creer: había que actuar en consecuencia.
El fuego, la verdad y la elección humana
El zoroastrismo nació de una antigua tradición persa politeísta, en la que Ahura Mazda ocupada ya un lugar destacado dentro de un panteón de dioses. Zaratustra reformuló ese sistema tras una visión decisiva que, según la tradición, tuvo a los 30 años, durante una festividad primaveral vinculada al Año Nuevo -probablemente el Nowruz. En ella, un ser celestial le reveló que los sacerdotes habían malinterpretado la verdad divina: no existían múltiples dioses que exigieran sacrificios sangrientos, sino un único dios bueno que pedía conducta ética.
Desde entonces, el mundo pasó a entenderse como un campo de batalla moral entre Ahura Mazda y su eterno oponente, Angra Mainyu, espíritu del mal y la mentira. Cada persona, dotada de libre albedrío, debía elegir a quién seguir: el bien se manifestaba en la verdad, la moderación, la caridad y el amor y hacia los demás; el mal, en el engaño y el caos.
En esta cosmovisión, el fuego ocupó un lugar central, no como objeto de adoración en sí mismo, sino como símbolo de la verdad, la luz y el orden cósmico. Por esta razón los rituales se realizaban en Templos del Fuego, santuarios al aire libre donde una llama sagrada permanecía siempre encendida. Junto al fuego, el agua también tenía un valor sagrado, asociada a la sabiduría y a la pureza.
De la persecución a la supervivencia
El zoroastrismo fue adoptado por grandes imperios de la Antigüedad: el aqueménida, el parto y, sobre todo, el sasánida, que lo convirtió en religión oficial del Estado. Aun así, estos imperios se caracterizaron por una notable tolerancia religiosa. Incluso surgieron corrientes internas, como el zorvanismo, sin que ello implicara persecución.
Todo cambió, sin embargo, en el siglo VII d.C., con la invasión árabe musulmana. Los Templos del Fuego fueron destruidos o transformados en mezquitas, los textos sagrados se perdieron en gran parte y los zoroastrianos se enfrentaron a una elección dramática: convertirse al islam, huir o practicar su fe en secreto. Muchos escaparon hacia la India, donde sus descendientes son conocidos como los parsis. Otros permanecieron en Irán y mantuvieron viva la tradición a pesar de la represión.
Y es que el zoroastrismo no solo sobrevivió, sino que dejó una huella profunda: conceptos como el juicio tras la muerte, el cielo y el infierno, la llegada de un mesías y el fin de los tiempos aparecieron aquí por primera vez como parte de un sistema coherente, siglos antes de que fueran adoptados por el judaísmo, el cristianismo o el islam. Hoy, aunque sus seguidores son pocos, esta religión sigue practicándose.