martes, marzo 24

Entre Alaska y Canadá: los españoles en el Gran Norte


En el siglo XVIII, los navegantes españoles exploraron las costas del noroeste de América para contrarrestar la penetración de rusos y británicos en tierras de la Corona hispana.

A mediados del siglo XVIII, la costa del noroeste de América, una vastísima franja de tierra repartida hoy día entre Estados Unidos y Canadá, permanecía prácticamente inexplorada. 

La colonización española no había ido más allá de California, y aunque a principios del siglo XVII algunas expediciones alcanzaron los 43º de latitud norte encontraron un paisaje desolado que no invitaba a dejar puestos permanentes. Pero el descubrimiento del estrecho de Bering en 1728 y el avance ruso por la costa de Alaska indujo a las autoridades españolas a organizar diversas campañas de exploración en lo que consideraban un territorio de su soberanía.

En 1774, una expedición al mando de Juan José Pérez Hernández llegó hasta la isla de Nutka (o Nootka, en el actual Canadá), pero tuvo que volver a causa del escorbuto y la falta de provisiones. Al año siguiente partió desde San  Blas, en el actual México, otra expedición de tres barcos comandada por Bruno de Heceta con la misión de llegar hasta los 65º de latitud norte. En ella iba Juan Francisco de la Bodega y Quadra, un competente oficial nacido en Perú en 1743, hijo de un noble cántabro y una dama de la aristocracia limeña. 

Después de que uno de los navíos tuviera que volver a la base, Heceta y De la Bodega siguieron hacia el norte, hasta llegar a una ancha bahía que bautizaron como Rada de Bucareli (Point Grenville, en el actual estado de Washington). Tras un primer contacto amistoso con los indios quinault, tomaron posesión de la tierra, que llamaron Nueva Galicia. Pero poco después los indios los atacaron por sorpresa y Heceta debió regresar a San Blas con los heridos. De la Bodega siguió hacia el norte, y pese a la mala navegabilidad de su navío llegó hasta el grado 59, pero las penurias lo obligaron a regresar con sólo dos tripulantes sanos. 

Heceta y De la Bodega no se toparon con ningún asentamiento extranjero, lo que muestra que las noticias sobre la expansión rusa eran un tanto exageradas. En cambio, pronto se hizo visible otra amenaza más inminente y directa: la de los británicos. En 1778, el capitán Cook, en su tercera vuelta al mundo, visitó el Pacífico Norte y desembarcó en la isla de Nutka. Creyendo ser su descubridor, Cook se sorprendió al ver a uno de los indígenas con un par de cucharas de plata colgadas del cuello como adorno; un regalo que los españoles habían hecho cuatro años antes a cambio de pieles y sombreros de junco. 

Una isla en disputa 

En 1779, tras enterarse de la incursión de Cook, los españoles reaccionaron organizando una nueva expedición, capitaneada por Ignacio de Arteaga y con De la Bodega y Quadra al mando de la segunda de las fragatas que la integraban. Ambos llegaron hasta Port Etches, en Hinchinbrook Island, ya en el golfo de Alaska. Este lugar, situado a 60º 20´ de latitud norte y bautizado como Puerto de Santiago,  fue el punto más septentrional al que arribaron los españoles en el Pacífico. 

La pugna por el control del Pacífico Norte con los británicos –y, por extensión, con los norteamericanos, que habían proclamado su independencia en 1776– tuvo como escenario la isla de Nutka. Cuando en 1789 los españoles avistaron varios barcos americanos e ingleses en la zona decidieron erigir en la isla el fuerte de San Miguel, el único asentamiento español en el actual Canadá. El fuerte estuvo guardado por soldados de la Primera Compañía Franca de Voluntarios de Cataluña, y por ello, cuando la expedición de Alejandro Malaspina llegó para explorar la zona en 1791, muchos de sus habitantes fueron dibujados con barretina.

A fin de evitar posibles incidentes, los gobiernos español y británico decidieron abrir una negociación para fijar los límites de las fronteras americanas entre sus dominios. En 1792 se reunieron en Nutka sendos representantes de España y Gran Bretaña: De la Bodega y Quadra y el británico George Vancouver, un antiguo compañero de Cook que a lo largo de tres años llevó a cabo una concienzuda exploración de la costa noroeste de América. El encuentro duró varias semanas, pero resultó infructuoso. La buena educación de ambos representantes permitió que las relaciones entre ellos fueran cordiales, pero las exigencias de sus respectivos gobiernos estaban demasiado alejadas y el asunto no se resolvió hasta un año después, en los despachos europeos.

Pese a todo, los españoles no desaprovecharon la estancia en Nutka. Acompañaba a De la Bodega y Quadra el naturalista José Mariano Mociño, que había recorrido gran parte de las posesiones españolas en América durante la Real Expedición Botánica a Nueva España.

Al término de la misión, Mociño escribió Noticias de Nutka, un texto en el que describe la botánica y la fauna del lugar así como su población, «de cuya religión y sistema de gobierno creo haber sido el primero que ha recabado las noticias posibles, después de haber aprendido de su idioma lo preciso para mantener con ellos algunas conversaciones». Según Mociño, los nutka vivían sólo en la costa, «quedando los montes reservados a los osos, linces, mapaches, comadrejas, ardillas, ciervos, etcétera». 

El autor describe sus costumbres, como la de acunar a los bebés en cajones de madera para deformarles a propósito la cabeza o su gusto por pintarse la piel: «La mucha grasa con que se embarnizan el cuerpo y el almagre con que lo pintan, no permiten descubrir en ellos el color primitivo». Los príncipes, como el tais Macuina, solían vestir también una «excelente capa, hecha con muchas pieles de marta finísimas» y un sombrero cónico tejido con vegetales.

Ceremonias misteriosas 

Los indígenas vivían en grandes casas comunitarias. Allí preparaban la comida a base de pescado, conchas y caza, «quedando tirada por el suelo gran parte de estos despojos, que corrompidos allí causan un asco insoportable a quien no se haya criado en medio de tanta hediondez». Mociño también describe los rituales religiosos de los nutka. Vio, por ejemplo, cómo el tais Macuina se metió tres días en un gran cajón ceremonial para rezar a sus dioses Tlamá, y mientras golpeaba sus laterales pronunciaba plegarias, que Mociño traduce en su libro. 

En el pasado, seguramente estos rezos iban acompañados de sacrificios humanos en los que las víctimas eran prisioneros de guerra, aunque «no todos habían comido carne humana, ni en todos los tiempos, sino solamente los guerreros más animosos, cuando se preparaban a salir a la campaña». Mociño constata el gran cambio que el contacto con españoles y británicos supuso para los indios, incluso en la alimentación. 

Antes de la llegada de los europeos no conocían las bebidas fermentadas, pero luego tomaron «bastante afición al vino, al aguardiente y a la cerveza, a todo lo cual se entregan con demasía», en especial durante las largas veladas invernales junto al fuego, en las que cantaban, bailaban y se abandonaban «a todos los excesos de liviandad». 

En 1793, la convención de Nutka puso término a la disputa entre británicos y españoles por el control de la zona, de modo que en 1795 España desmanteló el fuerte de San Miguel. Para entonces, De la Quadra ya había fallecido, víctima de una enfermedad. Sus hazañas exploratorias perviven a través de topónimos como la isla Quadra, cerca de Nutka, y la bahía Bodega, al norte de San Francisco. La gran isla junto a la que se halla la de Nutka habría debido llamarse isla de Quadra y Vancouver, según acordaron ambos exploradores en 1792, pero el destino quiso que acabara siendo conocida sólo con el apellido del inglés.