miércoles, febrero 4

Cuando Alaska fue parte de España: la sorprendente huella del Imperio español en el extremo norte de América


Exploraciones olvidadas. Esta es la historia real de cómo España extendió su soberanía hasta las gélidas costas del Pacífico norte.

Aunque la compra del territorio por parte de Estados Unidos a Rusia en 1867 es una de las facetas históricas más llamativas de Alaska, quizá la menos conocida es que, antes de ser rusa, y mucho antes de ser estadounidense, partes de Alaska formaron parte del Imperio español; el mismo país que conquistó enormes regiones de América del Sur y Central.

Durante el siglo XVIII, mientras el poder imperial español alcanzaba su máxima expansión, las costas del Pacífico norte se convirtieron en un tablero estratégico donde España, Rusia y Gran Bretaña medían sus fuerzas. Y en este juego geopolítico, el Imperio español de aquel entonces no solo exploró, sino que también tomó posesión formal de territorios en lo que hoy llamamos Alaska.

La amenaza rusa y la carrera hacia el norte

La presencia rusa en Siberia y la costa del Pacífico comenzó a inquietar a los virreyes de Nueva España. Desde mediados del siglo XVIII, los cazadores de pieles rusos habían empezado a establecer contactos con los pueblos indígenas de las islas Aleutianas (que llegan hasta la península de Kamchatka, Rusia) y a expandirse hacia el este. La Corona Española, que para entonces dominaba desde Tierra del Fuego hasta California, veía con preocupación cómo esta expansión amenazaba sus dominios en el Pacífico.

Fue en este contexto cuando Carlos III ordenó una serie de expediciones hacia el noroeste, no solo para explorar, sino para reafirmar la soberanía española sobre territorios aún sin reclamar. En 1774, el mallorquín Juan Pérez lideró una expedición que alcanzó la isla de la Reina Carlota, actual límite sur de Alaska; le seguirían otros navegantes como Bruno de Hezeta, Bodega y Quadra, Esteban José Martínez y Salvador Fidalgo.

La toma de posesión de Alaska

En 1790, durante una misión encomendada por el virrey de Nueva España, el capitán Salvador Fidalgo, hijo de navarros y que por aquel entonces tenía 34 años, al mando de los Voluntarios de Cataluña, navegó por las costas de la actual Alaska.

Allí, en un fondeadero al que bautizó como Puerto Córdova, tomó posesión formal del territorio en nombre del rey Carlos IV. Al día siguiente, en otro punto de la costa, fundó el enclave de Valdez en honor al ministro de la Armada española de la época, Antonio Valdés. Ambos nombres perduran hoy en el mapa de Alaska como testigos de aquella presencia española.

Pero la gesta no se limitó a plantar banderas o cruces de madera. Fidalgo y sus hombres se relacionaron con las comunidades indígenas, intercambiaron bienes, realizaron estudios topográficos y naturalistas, y construyeron fortificaciones como el fuerte de San Miguel en la bahía de Nutca, en la actual Columbia Británica que se convertiría en la primera colonia europea en esta región.

Conflicto internacional

La bahía de Nutca se convirtió rápidamente en el foco de tensiones entre España, Rusia e Inglaterra. En 1789, Esteban Martínez tomó posesión del puerto para la Corona Española y apresó a varios buques británicos que operaban sin permiso en la zona. Este acto provocó un incidente diplomático conocido como la ‘crisis de Nutca’, que estuvo a punto de desembocar en una guerra entre España y Gran Bretaña.

Finalmente, el conflicto se resolvió mediante una serie de acuerdos, conocidos como las Convenciones de Nutca, por los que España accedía a permitir la navegación y comercio de otras potencias en la zona, pero mantenía su soberanía formal. Sin embargo, esta solución fue más simbólica que efectiva, ya que desde entonces, el poder español en el Pacífico norte empezó menguar considerablemente y, finalmente, España se retiraría de la zona para concentrarse en la defensa de la Alta California.

¿Qué queda hoy de la Alaska española?

Aunque la presencia española en Alaska fue breve comparada con la de Rusia o la posterior de Estados Unidos, su huella no desapareció del todo. Topónimos como Valdez, Córdova, Malaspina Glacier o el monte Edgecumbe (originalmente llamado volcán San Jacinto) son herencia directa de aquellas expediciones. Además, el legado español también vive en los mapas históricos, los diarios de los exploradores o las cartas náuticas. Es más, en algunos lugares de la costa noroeste, los registros arqueológicos aún conservan vestigios de la presencia hispánica, ya que España exploró intensamente la costa noroeste, llegando a la península de Kenai y superando los 60º norte.