martes, enero 13

Ni oro ni especias: los españoles llevaron el plátano a América y esto cambió su paisaje agrícola para siempre


Aunque buscaban metales preciosos, los conquistadores españoles llevaron consigo un fruto que transformaría para siempre la dieta y la economía del Nuevo Mundo: el plátano.

América desplegó ante el Viejo Mundo un herbario de sorpresas que ya hemos explorado (al menos algunos de ellos), como el maíz, la patata… y multitud de cultivos y sabores desconocidos hasta entonces pero, al mismo tiempo, recibió especies que no existían en el Nuevo Mundo como las vides, ganado y árboles traídos por manos humanas a través de múltiples rutas marítimas. Fue un trueque que no solo llenó despensas, sino que modificó también el paisaje. Es el caso del plátano, que no existía en América por aquel entonces.

Un cargamento inesperado rumbo al Nuevo Mundo

Cuando los barcos españoles surcaron el Atlántico en el siglo XVI, llevaron plantas, semillas y frutas que, sin levantar tanto revuelo como lo haría el oro o la plata, acabarían transformando la historia agrícola del continente americano.

Originario del sudeste asiático, el plátano, que en la India recibía el nombre de la ‘fruta de los sabios’ ya había recorrido medio mundo antes de llegar a América. Cultivado por primera vez hace más de 10.000 años en Nueva Guinea, se expandió por Filipinas, India, África oriental y, gracias a los comerciantes musulmanes, por todo el mundo islámico. Fue en África donde los portugueses lo encontraron y lo llevaron a las islas Canarias, y desde allí, los españoles lo introdujeron en América.

La historia documenta que fue en 1516 cuando el fraile Tomás de Berlanga (nombrado obispo de Panamá), plantó los primeros tallos de plátano en la isla La Española (actual República Dominicana y Haití). Su objetivo era simple pero gran visión de futuro, ya que había que alimentar a la creciente población esclava que trabajaba en las plantaciones de azúcar. El plátano era fácil de cultivar, muy nutritivo y de rápido crecimiento, así que se presentaba como el recurso ideal para proporcionar energía gastando pocos recursos del Imperio español.

Así comenzó una transformación profunda. En apenas unas décadas, el plátano se había asentado en las tierras cálidas y húmedas de América Central, el Caribe y Sudamérica y convertido en un alimento básico para millones de personas.

De alimento de subsistencia a motor económico

Durante los siglos siguientes, el cultivo del plátano se mantuvo mayoritariamente en manos de pequeños productores, quienes lo usaban no solo como alimento, sino también para dar sombra a otras cosechas como el café y el cacao debido a las grandes hojas de la platanera. En países como Colombia, Ecuador o Guatemala, el plátano se integró en la vida cotidiana y en la cultura culinaria.

Y así fue hasta el siglo XIX. Por aquel entonces el plátano ya había captado la atención de las potencias comerciales y, sin pensárselo mucho, en 1870, el capitán estadounidense Lorenzo Dow Baker transportó 160 racimos de plátanos desde Jamaica a Jersey City. Los vendió a menos de dos euros cada uno como una “curiosidad de las Indias”, y el éxito fue tal que en poco tiempo fundó la Boston Fruit Company. Cuando esta se fusionó con otras compañías en 1899, nació la United Fruit Company, la multinacional que dominaría el negocio bananero durante décadas. En 1900, la United Fruit Company controlaba el 80% del mercado bananero estadounidense.

El nacimiento de las repúblicas bananeras

La United Fruit Company adquirió enormes extensiones de tierra en América Central (Honduras, Guatemala o Costa Rica), llegando a controlar no solo la producción agrícola, sino también puertos, ferrocarriles, hospitales, escuelas… y políticos. De ahí surgió precisamente el término “república bananera”. La influencia de la compañía era tal que no dudaba en apoyar golpes de Estado, como el derrocamiento del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz en 1954, cuando quiso expropiar tierras ociosas para redistribuirlas entre campesinos. El plátano se había convertido en símbolo de dominación económica y política.

Pero, a pesar del dominio de las grandes corporaciones, en muchas regiones de América Latina los pequeños agricultores siguen cultivando plátanos de forma tradicional. En las Islas Canarias, por ejemplo, más de 35.000 personas dependen -directa o indirectamente- del cultivo del plátano, especialmente en Tenerife. Su modelo, además, es más sostenible, respetando el entorno y conservando la diversidad genética.