martes, enero 13

El volcán que “inventó” el frío: la gran erupción que cambió el clima sin que el mundo lo supiera


Durante siglos, fue confundido con el Monte Rinjani, hasta que la ciencia identificó su cráter como el vestigio de una de las mayores erupciones del último milenio, capaz de alterar el clima global en el siglo XIII.

En el corazón de Lombok, una isla al este de Indonesia, un lago ocupa hoy lo que un día fue la cima de una montaña. El Segara Anak —ese lago en cuestión— se abre como una herida circular de agua cristalina en lo alto de la tierra, un espacio natural que cuesta imaginar como la cúspide del volcán Samalas, el responsable de uno de los estallidos más violentosde la historia hace ahora ocho siglos.  

Durante mucho tiempo, aquel gran volcán pasó inadvertido, confundido con el complejo del Monte Rinjani, hasta que la ciencia reveló que el cráter sobre la que hoy se sostiene esa laguna paradisiaca era, en realidad, el rastro de una de las mayores erupciones de los últimos mil años, una explosión tan descomunal que llegó a alterar el clima del planeta en el siglo XIII

El año sin verano 

Las crónicas medievales describen 1257 como un año extraño: cosechas arruinadas, cielos pálidos del color de la ceniza y un invierno anormalmente largo. Inglaterra lo recordaría como “el año sin verano” siglos antes de que esta expresión se hiciera famosa por otra erupción volcánica.  

Los fenómenos extraños descritos por las fuentes medievales no fueron un hecho aislado en el Viejo Continente. Desde Oriente Medio hasta el Mediterráneo, tanto crónicas cristianas como musulmanas relatan la presencia de un sol enfermo, que apenas lograba templar la tierra, cielos cubiertos por una neblina persistente y tierras estériles en las que nada lograba prosperar, provocando un profundo deterioro de las condiciones de vida en numerosas comunidades. 

En Asia, las consecuencias fueron aún más severas: el frío extremo y la sequía llegaron a interrumpir las grandes rutas comerciales, desencadenando el colapso económico y social de regiones enteras. Algunos historiadores han planteado que aquel enfriamiento súbito pudo contribuir a la fragmentación temporal de varios imperios, debilitando en especial al mundo mongol, que por entonces —bajo el gobierno de Hulagu, nieto de Gengis Kan— ya soportaba tensiones internas y crecientes presiones en sus fronteras. 

Sin saberlo, las crónicas de todas esas sociedades estaban reaccionando a un mismo acontecimiento: la furia de un volcán en una isla remota, cuyo nombre y localización les era desconocido por completo. 

El fantasma del Samalas emerge 

El misterio empezó a resolverse hace poco más de una década, cuando un equipo franco-indonesio analizó cenizas del entorno del monte Rinjani y comprobó que la composición isotópica y geoquímica de sus fragmentos de vidrio volcánico coincidía con la de las micropartículas atrapadas en los hielos polares. Esa coincidencia permitió vincular directamente la erupción con los picos de sulfatos registrados en Groenlandia y la Antártida

Estos picos de sulfato constituían el rastro químico de los gases sulfurosos liberados por una gran erupción: al alcanzar la estratosfera, el dióxido de azufre se transformó en aerosoles capaces de reflejar parte de la radiación solar. Con el tiempo, esas partículas descendieron a la superficie y quedaron atrapadas en las capas anuales de hielo, dejando constancia de un breve, pero intenso “invierno volcánico”. De este modo emergió un nombre olvidado: Samalas, el volcán que explotó con tal violencia que su cima desapareció, dejando como único vestigio un cráter inmenso, hoy repleto de agua, y una perturbación climática de alcance global. 

En el preciso momento en que la ciencia empezó a buscar respuestas, la memoria de la propia isla habló. De este modo, la hipótesis de un gran volcán oculto se vio reforzada por un testimonio inesperado: la Babad Lombok, un antiguo manuscrito javanés que recogía la historia de la civilización isleña, y que, de manera sorprendente, describía una montaña vomitando fuego, sepultando aldeas, entre ellas la capital de su reino, y sumiendo su mundo en una oscuridad prolongada. 

De repente, un documento que durante siglos había sido leído como mito, se revelaba como el único testimonio de un desastre real. 

El invierno que recorrió medio mundo 

El impacto del Samalas fue especialmente relevante para el gran continente. En Europa, el frío extremo mató al ganado, congeló ríos y provocó grandes hambrunas, mientras que en Asia los cronistas registraron monzones erráticos, sequías y migraciones masivas. Aquella nube de aerosoles enfrió el hemisferio norte durante dos largos años, golpeando sociedades que dependían por completo de ciclos agrícolas predecibles. 

Sin embargo, lo más fascinante de esta historia recae en la capacidad del planeta para ocultar un estallido de tal violencia y un impacto ecológico de semejante magnitud. Ese volcán, cuya explosión sumió al mundo en un oscuro invierno, desapareció de la faz de la Tierra —físicamente y de la memoria humana— durante más de ocho siglos. 

Por fortuna, la escritura a menudo suele tener un modo paradójico de preservar la verdad: la guarda y, en ocasiones, la transforma en algo mágico. En este caso, el mito no fue mito, sino realidad. Las poblaciones que presenciaron aquel desastre dejaron relatos que la posteridad relegó al terreno de las leyendas; historias que quienes no presenciaron la erupción —pero sí padecieron años de frío, cosechas arruinadas y cielos opacos— apenas pudieron llegar a imaginar. Solo la combinación de la geología, la climatología y la literatura tradicional permitieron reconstruir un episodio capaz de transformar el siglo XIII, a pesar de haber dejado tan pocos rastros tangibles.